Lo que vale la pena
Iba paseando por la calle, un niño blanco de ojos verdes grisáceos se acercó a mi y me dijo: Señor, vea a su alrededor.
En ese momento, no pensé en nada, solo obedecí, me quité las gafas y las puse junto a mi maletín en el suelo, concentré mi mente y mi alma para, en ese momento, solo hacer lo que el niño me pedía.
Me volteé, no había nadie, no se escuchaba nada mas que el cantar silencioso del viento; vi al lado, tampoco había nadie, y volteé al otro lado para encontrarme con lo mismo: nada.
Fué entonces cuando volteé en dirección del niño; lo vi, como ya sabía, era blanco, de ojos verdes grisáceos, traía unos pantalones desteñidos, una camisa roja y rayada de blanco, y unas zapatillas deportivas, el niño sotenía una paleta, era grande, de varios colores.
Entonces me dirijí hacia el y le dije:-No hay nadie
El niño miró al suelo, se dirigió a mi y preguntó: -¿Nadie?
-Nadie, absolutamente nadie- dije yo; seguro de mi respuesta.
-¿Estás seguro?- dijo el niño.
Y enonces desapareció; navegué a mi casa, y en el camino me obsequié algo: una paleta, igual a la que el niño traía. Crucé la esquina y en ese entonces, dejé de escuchar el silencio y lo escuché todo, volteé y todo estaba poblado, lleno de ruido y carente de silencio, me sentí aturdido y pensé, y solo hasta ese entonces caí a la cuenta de que ese niño y yo, éramos alguien, no éramos nadie.
Ignoré lo necesario por querer lo innecesario, cuando incluso lo necesario me llenaba, no me bastó y lo ignoré para, según yo, llenarme con algo que no valía la pena en realidad.

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